El alma
La relación personal con Dios
La fe no se reduce a cumplir normas religiosas ni a aceptar doctrinas intelectualmente: implica una relación existencial que nadie puede vivir en lugar de otra persona.

Recuerdo que de adolescente pasaba algunos veranos en la sierra.
El espectáculo nocturno cuando no había luna ni nubes era verdaderamente increíble
Aparecía el cielo tachonado de estrellas y la vía láctea se veía en toda su magnitud
Se sentía uno pequeño ante la inmensidad del universo y grandioso al ser parte de el
Con un sentimiento de pertenencia al cosmos y la duda de que significaba esa pertenencia.
De adulto, estudiando física cuántica entendía como todo está conectado, desde una partícula hasta una galaxia.
Aunque las preguntas de adolescente seguían girando alrededor de mi mente, ¿como manejar esa conexión con el cosmos y con su creador?.
Un libro que me ayudó a fue Confesiones de San Agustín, para San Agustín, Dios no es solamente una realidad exterior que gobierna el universo, sino una presencia que el ser humano puede descubrir en lo más profundo de su interior.
Su pensamiento se resume en una célebre expresión:
«Tú estabas dentro de mí y yo fuera».
Søren Kierkegaard en el siglo XIX en su libro Temor y temblor (1843) sostiene que la relación con Dios exige una decisión individual, interior y comprometida.
La fe no se reduce a cumplir normas religiosas ni a aceptar doctrinas intelectualmente: implica una relación existencial que nadie puede vivir en lugar de otra persona.
En su pensamiento, la relación del individuo con Dios es irreductiblemente personal.
Hay un diferencia fundamental: San Agustín encuentra a Dios mediante la interioridad; Kierkegaard destaca la libertad, la responsabilidad y el compromiso individual ante Dios.
Luego viene el siguiente paso ¿Como esa relación personal se extiende al prójimo?
Para San Agustín, el encuentro interior con Dios transforma la voluntad humana y orienta el amor hacia el bien.
El hombre que ama a Dios descubre que no puede separar ese amor del que debe a sus semejantes.
En La ciudad de Dios, Agustín presenta una sociedad que debe construirse sobre el amor correctamente ordenado, la justicia y la paz.
Tomás de Aquino (1225–1274) desarrolla la idea mediante el concepto del bien común.
El hombre es social por naturaleza. Su desarrollo moral exige reconocer la dignidad de los demás y contribuir a una comunidad justa.
La caridad no sustituye a la justicia, sino que la perfecciona.
La relación personal con Dios transforma la conciencia; la conciencia orienta la conducta; la conducta construye las relaciones humanas; y las relaciones humanas, organizadas alrededor de la justicia y el amor, construyen la civilización.
De ahí que un estado laico será siempre un sistema incompleto al no reconocer la naturaleza profunda del ser humano y su relación con Dios.
Y en los tiempos modernos el estado laico ha derivado a un estado ateo perseguidor de la fe y por consiguiente destructor de la civilización.